Por qué cada palabra cuenta: la textura de las palabras

Por qué cada palabra cuenta (II): la textura de las palabras

En la entrada anterior les hablaba de la importancia de las palabras, puesto que lo que sale de nuestra boca tiene la facultad de revelar nuestro rostro real. También les comentaba sobre la textura de las palabras y hoy quiero enseñarles más al respecto, a fin de que puedas medir el mensaje que estás transmitiendo de ti misma más allá de lo visual.

Tipos de palabras y sus texturas

  • Dulces. Son aquellas que no fueron engendradas para el engaño. Este tipo de palabras fueron diseñadas por el creador para amar, suavizar y traer la calma; son el espejo de un alma perdonada que ha encontrado, en el amor, la miel de la vida. En ellas, la verdad estará bien dicha porque la consciencia hallará el bálsamo para lavarse, levantarse, animarse y andar en rectitud una vez más.

¡Que no se equivoque el colérico al decir que, con el aliento de la dulzura, no se emite la corrección! La palabra dulce es la anestesia que necesita el corazón para el dolor.

  • Frías. ¡Cómo hieren estas palabras!, pues no existe tan afilado puñal como el de la indolencia y la indiferencia. En ellas no habita la gratitud del regalo del perdón, más bien son fruto de un corazón congelado que se ha negado el abrigo que le ha ofrecido el amor. Por más que diga una verdad, su efecto se petrifica porque desconoce por completo su propia realidad.
  • Ásperas. Estas parecen un lápiz de punta gruesa y de grafito bien oscuro, pues escriben con dureza, hasta romper. La textura de estas palabras ¡para nada es simple! Estas se jactan de decir la cruda verdad sin medir la intensidad de su roce o lo sufrible que puede resultar la lija que usará el carpintero para hallar, al fin, su verdadero brillo.
  • Vacías. Desde que el «no sé» se viralizó como respuesta, este tipo de palabras visten la moda del desocupado y despreocupado. Ellas no tienen cauce, propósito o destino. Simplemente no aportan, no aprecian el valor del tiempo y el sentido; y en búsqueda del significado, terminan por empañar el silencio. Su procedencia está en el desaliento y poca estima.
  • Ardientes. Este tipo de palabras han perdido la sutileza y la vergüenza, pues, consideran hablar con claridad dentro de lo descortés y obsceno, cuando lo real de sí mismas es que no saben comunicar una idea.
  • Frágiles. Su debilidad proviene de no conocerse a sí mismo, de una identidad no definida, de un interior atemporal con su verdadero yo. Son fáciles de dominar por el que dirán y urgen por hallarse.
  • Fuertes. Son aquellas que tienen mucho peso, hasta el punto de persuadir y hacer reaccionar. También pueden interferir en lo privado, pues tienen ímpetu de río embravecido. Con tan sólo matizar el volumen de la voz, alcanzará para que se entiendan sus buenas y razonables intensiones.
  • Cortas. Aquellas ahogadas por el silencio, por la poca profundidad, el agotamiento, la ironía, y muchas veces, por la inflexibilidad. A veces reducidas a un simple «sí» o a un «no», suelen marcar distancia y no dan explicaciones. Este tipo de palabras son lo más cercano a la indiferencia del estado de sí mismo y lo que se piensa de los demás.
  • Largas. De contenido explicativo y sin un remedio final. ¡Cómo cuesta intervenir ante la textura de estas palabras! Y eso no lo es todo, ¡cuán difícil es que acepten que no tienen la razón! A ellas les cuesta escuchar porque ni siquiera tienen tiempo para escucharse a sí mismas.
  • Valerosas. ¡Cuán necesarias y eficaces son cuando se transita en la densa tempestad! La afirmación brota de un corazón que tiene su ancla en la fe, y es ahí donde reside la fuerza y el eminente poder de estas palabras.
  • Mentirosas. ¡Cuánto miedo, frustración y desaprobación se esconden detrás de ellas! Su única y verdadera salida está en apelar a la verdad. Estas palabras pueden destruir sueños, familias, amistades… negarse a ellas es volver a recuperar la vida misma.
  • Dubitativas. Abundan como los granos de arena; son inconsistentes, dependientes, indecisas… Su único remedio es que el corazón se detenga para escucharse y tomar una seria, firme y buena decisión sobre lo que hablan.
  • Prudentes. Son las que consuelan y esperan, allí está el mejor de sus resultados y su buen uso de la flecha, pues no yerra el blanco.
  • Imprudentes. Estas revelan secretos y entorpecen lo planeado. No son pensadas en la paciencia ni en el buen significado.
  • Hirientes. Son esas palabras sin dirección, carentes de amor que traspasan el dolor. Éstas contienen frío, aspereza, imprudencia, intolerancia, envidia, mentira, amargura y cólera, características propias de un corazón embargado en la tristeza, confusión y engaño.

Chicas, no dejen de leer el próximo post de esta serie, ya que estaré elaborando un simple pero efectivo test para que sepas lo que tus palabras están comunicando de ti y sí, lo que otros pueden estar diciendo entre líneas.

#MujerInspírate

 

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Ruth Figueroa

Ruth Figueroa

Profesora universitaria y locutora. Trabaja como asesora académica y metodológica en proyectos de investigación. Ama las letras, la música y el arte. Está decidida a vivir siendo más y su pasión es escribir para inspirar a otros.

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