Más que un color una reflexión sobre el racismo

Más que un color: una reflexión sobre el racismo

8 minutos y 46 segundos bastaron para apagar la vida de una persona y reavivar un debate de nunca acabar. Seguramente viste en las noticias cómo la muerte de George Floyd, a manos de la policía, desencadenó una serie de protestas contra el racismo y la discriminación en los Estados Unidos; manifestaciones que se extendieron a varias ciudades del mundo y muchas de las cuales acabaron en violencia.

Ahora bien, en aras de combatir la problemática que los prejuicios raciales representan a escala global, cualquier discusión debería partir del hecho que —como dijo de Mandela— “nadie nace odiando a otra persona por su color de piel”.

Sin embargo, hoy quiero abordar el asunto más desde lo personal…

La discriminación como una experiencia no tan lejana

¿Alguna vez te has preguntado por tus raíces y tus ancestros? Pues yo sí; desde pequeña quise saber cuál era la procedencia de mi familia y un día decidí preguntarle a mi mamá quiénes eran mis antepasados. Recuerdo bien que una de las respuestas no me gustó. Pero, antes de compartir esa respuesta, quiero abrir un pequeño paréntesis para hablarte de los colores.

No sé tú, pero, cuando yo estaba en la escuela, en mi caja de colores tenía uno en particular —el beige— al que le decíamos “color piel”. ¿Por qué no llamar así al negro, al café/marrón o al amarillo?; y ¿por qué no llamar al beige por su nombre?

Yo no soy blanca, tampoco morena. Hoy entiendo que soy de muchos colores porque amo mis lunares, también mis manchas y mis cicatrices.

Pero antes, cuando era niña, pensaba en otras cosas…

Verás, la mitad de mis tíos tienen el cabello rubio o café claro, mientras que la otra mitad lo tiene negro o café oscuro. En cuanto a mis primos, la mitad son de piel clara y la otra mitad, de piel oscura. Según estos términos, puedo decirles que yo estoy entre los de piel clara.

En este punto, debo aclarar que esto no lo cuento con ínfulas de superioridad ni porque sienta que “es mejor así”, sino para hacer constar que desde pequeños, sin darnos cuenta, alimentamos prejuicios que normalizan el racismo.

Volviendo al tema, les decía que una respuesta sobre mis antepasados no me había gustado y esa respuesta fue que una de mis tatarabuelas era indígena; una indígena que no se casó y a su vez, tuvo hijos “de muchos colores” —como solía decir—. En ese momento no entendí lo del mestizaje y como no me gustó lo que encontré, decidí desistir del tema.

En fin, la vida continuó y con ella, vinieron muchos aprendizajes.

Un día cualquiera, hace unos años, alguien me dijo que el parecido físico con mi mamá era impresionante. Yo, la clasificada en la lista de los de “piel clara”, caí en cuenta del parecido que tenía con mi mamá, quién estaba clasificada entre los de piel más oscura. Entonces, finalmente comprendí algo maravilloso:

Nos hemos permitido que otros decidan cuál es el valor de un color de piel y cómo esto nos define sin medir el impacto que genera; cuando en realidad todos tenemos un origen del cual compartimos más similitudes que diferencias.

Lo más alarmante del caso es que con ese mismo referente se están formando nuestros niños: Con prejuicios raciales aparentemente inofensivos que refuerzan los estereotipos, tal como llamar “piel” a un color con nombre propio.

Este tipo de acciones comunes y no malintencionadas que se perpetúan de generación en generación son precisamente las que dan pie a las microagresiones raciales, es decir, actitudes y comportamientos discriminatorios muy sutiles en nuestra cotidianidad que están mal y de los cuales no somos conscientes.

Así es como TODOS, al final, terminamos siendo parte del problema que el racismo representa, al punto de terminar excluyendo en el intento de querer ser “inclusivos”.

Para combatir el racismo, necesitamos reconocernos como lo que realmente somos

Es muy fácil manifestarse con ímpetu en contra de un hecho terrible —como el asesinato de un hombre por asuntos raciales—, pero no podemos escapar del trabajo personal que cada uno debemos hacer en nuestras vidas.

Todo esto lo estoy aprendiendo porque un día decidí trabajar en mi amor propio, ya que no puedo dar de lo que no tengo y cada una de las cosas que acepto en mí, también aprendo a aceptarlas en los demás.

No somos inmunes a los prejuicios raciales heredados de nuestra sociedad, por eso debemos buscar primero en nosotros mismos.

Así fue como decidí ver a los seres que hay detrás de un color o una facción. Cuando nos relacionamos desde ahí, desde lo que realmente somos, el racismo no existe.

No importa lo que está haciendo el Estado, tampoco lo que hacen las empresas, las instituciones y otras personas. Lo que de verdad importa es lo que hagamos cada uno de nosotros porque el cambio empieza primero por uno; por ti, por mí…

¿La razón? Somos responsables de nuestros actos, pero no podemos ser responsables de los actos de otras personas. Tampoco podemos obligar a alguien a que cambie de posición o actitud; solo podemos inspirarle y mostrarle el camino que debe seguir, uno en el que existen otras maneras de relacionarse.

Lo que está pasando en tu país es lo mismo que pasa en el mío. Y no, esto del racismo no es algo nuevo, es algo que pasa desde hace muchos años. Si buscamos en la historia de nuestra familia, seguro nos daremos cuenta de que, sin importar nuestro color, hemos vivido en algún momento una situación parecida.

Quiero, con esto, invitarte a hacer un simple ejercicio para liberarnos de los prejuicios:

  • ¿Qué tal si investigas un poco más sobre tus raíces?
  • ¿Y si pruebas relacionarte de una manera distinta con el resto de las personas?
  • ¿Qué tal si, antes de exigir cambios en otros, intentas primero hacer pequeños cambios en ti?

La fortaleza está en nuestra sangre, es parte de nuestra herencia familiar. Vivimos y superamos pruebas todos los días; nuestros antepasados también las han superado y cada vez, crecemos más, volviéndonos mejores versiones cada segundo. Tú también puedes inspirar a otros, con tu ejemplo, a que vivan sus vidas con más amor y menos prejuicios. Yo creo que así lo quiere Dios, porque, aún en medio de nuestra complejidad, nos creó a su imagen y semejanza.

Cuando entiendes lo que te define y lo que te conecta con tu esencia, verás que conocerte a ti misma se convierte en una tarea de todos los días y para conocerte, necesitas dejar los estereotipos de lado.

¿Qué importa el color de piel, la forma de tu cuerpo, el tipo de ropa que usas, la manera cómo llevas tu cabello o el sitio dónde vives? Aceptar quien eres potencializa ese poder que tienes, porque cuando nos permitimos ser, entendemos que nos necesitamos tal y como somos, es decir, como fuimos creadas.

Nuestra raza es una y es la misma. Somos una mezcla de lo que vivimos. Somos hermanos y si queremos, podemos sentirnos ciudadanos del mundo. Las fronteras no existen, las creamos nosotros. Así que ¡abajo los prejuicios!, pues somos obras de un mismo creador.

#MujerInspírate

 

¿Qué opinas?

You May Also Like

Qué hacer cuando nada sale bien

¿Qué hacer cuando nada sale bien?

Violencia contra la mujer: una pandemia en el silencio

Violencia contra la mujer: una pandemia en el silencio

Autoestima, cómo equilibrarla para desarrollar tu máximo potencial

Autoestima, ¿cómo equilibrarla para desarrollar tu potencial?

Qué hay detrás de un error, el beneficio de cometer errores

El lado positivo de cometer errores

error: Content is protected !!